El domingo, 3 de agosto de 2014



DÉCIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)

En los conventos de los frailes dominicos solían servir la comida de una forma insólita.  En vez de servir a los superiores primeros, comenzaban con los más jóvenes en la comunidad.  La costumbre tuvo su origen en el tiempo de Santo Domingo, fundador de la orden.  En sus primeros años los dominicos en Roma vivían en el convento de San Sixto, de lo cual salieron algunos de su número todos los días para mendigar el pan en las calles.  Un día los frailes mendicantes recibieron casi nada.  Dice la historia que encontraron a más sacerdotes y levitas en sus rondas que samaritanos.  De todos modos cuando regresaron a casa, hubo muy poquito pan para los cuarenta frailes viviendo allá.  Sin embargo, Santo Domingo no se turbó. Al contrario, estuvo alegre.  Mandó que el poco pan que tenían fuera dividido entre todas las mesas y que los frailes se sentaran.  Cantaron la oración antes de comer y con gozo tomaron las migajas.  Entonces entraron dos ángeles con canastos de pan sirviendo en silencio a los jóvenes primero.  Cuando llegaron a la mesa de Santo Domingo, se desaparecieron antes de que pudieran identificarse.  Pero todo el mundo supo que fueron enviados de Dios en respuesta a las oraciones del santo.

Esta historia ilustra lo que Jesús dice en el evangelio.  Los discípulos no tienen que preocuparse sobre cómo se puede dar de como a las más que cinco mil personas.  Sólo tienen que confiar en Jesús para proveer las necesidades de la gente.  Él bendecirá sus esfuerzos más humildes para asegurar que den vida a la muchedumbre.

Hoy día Jesús sigue presente entre nosotros. Con la misma capacidad de suplir nuestras necesidades nos espera que se lo pidamos.  Por supuesto, esto no significa que si pasamos todo el día en la iglesia, vamos a encontrar el pan en la puerta cuando volvamos a casa.  No, la vida no es así.  Siempre habrá una tensión entre nuestra oración y nuestros propios esfuerzos.  Un hombre se preocupa porque la ayuda que el gobierno le ha dado por una herida de trabajo ya se ha cortado.  Sabe que no puede volver al trabajo que tenía pero no sabe cómo vaya a poner pan en la mesa.  Dice que cuando piensa en Dios, siente tranquilo.  Pero cuando considera su situación, se hace perturbado. 

San Pablo en la segunda lectura puede consolar a este hombre.  “Ni la muerte ni la vida – dice Pablo --…podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús”.  Dios nos ama cuerpo y alma.  Está, en primer lugar, fortaleciendo a nuestras manos para proveer por nuestras familias lo que necesiten.  Si no es suficiente, va a mover a nuestros conocidos a compartir con nosotros de su abundancia. Y si persiste la dificultad, tiene en espera a los discípulos de Jesús en la parroquia y en las agencias sociales para socorrernos.

El evangelio no quiere decir que Jesús suplirá sólo el pan.  Más bien, el pan sirve como símbolo para todas las necesidades humanas, tanto del alma como del cuerpo.  Además de comida, techo, y cuidado médico, Jesús nos proveerá con la sabiduría para vivir dignos en un mundo vertiginoso.  Tan maravillosos que parezcan los apps de Apple, no van a formar a los niños en adultos responsables.  No, los padres tienen que buscar en Cristo la firmeza y la ternura, el gozo y la sobriedad, el amor y la disciplina para criar a sus hijos.  Con Jesús proporcionándonos la sabiduría, el producto será como los restos en el evangelio muchas veces más numerosos que los recursos en el principio.

Dice el dorso de un dólar: “En Dios confiamos”.  Es cierto.  Pedimos a Dios Padre, “el pan de cada día”, y trabajamos para el billete con que lo compramos.  Dios nos proveerá la disciplina a trabajar para el dinero y la bondad de recibirlo gratis si es necesario.  Dios nos proveerá todo.


El domingo, 27 de julio de 2014

DECIMOSÉPTIMO DOMINDO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:23; Mateo 13:44-52)


La mujer viene a menudo a la parroquia.  Habla poco inglés y casi nada español.  Pues es de Laos.  Sin embargo, quiere servir a Dios.  Cuida parte del jardín y está dispuesta a ayudar con cualquier proyecto de mantenimiento que haya.  Dice ella que cuando era niña en su país, vivió en un orfanato donde las hermanas católicas le cuidaban.  Le enseñaron acerca de Dios y cómo mostrarle el agradecimiento.  En la segunda lectura hoy San Pablo tiene en mente personas como ella.

Escribe Pablo que para aquellos que aman a Dios todo contribuye para bien.  No está pensando en los afortunados sino en los que han sufrido pero siguen confiando en Dios y ayudando al prójimo.  Pablo ve a esta gente – tal vez parecida a los parientes de los pasajeros que perdieron sus vidas en el derribamiento del avión la semana pasada –reflejando a Cristo mismo.  Por supuesto, no los imagina con barbas, sandalias, y manos endurecidas sino tiene en cuenta algo a la vez más espiritual y más real.  Para Pablo ellos se conforman a Jesús por cumplir la voluntad de Dios siempre aun en medio de la dificultad más dura.

En el evangelio Jesús nos indica la fuente de la cual derrama este empeño a hacer la voluntad de Dios.  Dice que al conocer el Reino de Dios es como el comerciante que encuentra una perla finísima.  Como el comerciante alegremente vendería casa y terreno para obtener la joya, así el que quiere lo más valioso de la vida no pasará por alto nada que le llevaría más cerca al Reino de Dios.  La justicia de este Reino le da a sus buscadores la paz para acostarse tranquilamente en la noche y la energía en la mañana para aprovecharse de nuevas oportunidades.  

No es que los que busquen el Reino no experimenten situaciones difíciles y sentimientos duros.  Al contrario, a lo mejor los tienen con aún más frecuencia.  Pero también tienen la fuerza que como el calor del sol a las plantas les hace crecer en espíritu por las contrariedades.   La gracia del Reino le dio al soldado Ignacio de Loyola hace quinientos años la valentía a levantarse de su lecho de herida para formar la Compañía de Jesús.  Este grupo de hombres, hoy la congregación de religiosos más numerosa en el mundo, sigue ganando a mujeres y hombres por Cristo. 

Con bastante frecuencia nos traicionamos para que no caigamos en la dificultad.  Diríamos mentiras para evitar situaciones vergonzosas y no regresaríamos llamadas para esquivar responsabilidades.  Es una lástima.  Pues al seguir por este rumbo no vamos a encontrar la paz sino más preocupaciones a cada vuelta.  En lugar de evitar la dificultad que fijemos en la justicia del Reino de Dios Padre que nos sostiene segundo por segundo, día por día, generación por generación.  Sí, nos costará realizarlo pero no será por nada.  Al final, veremos, como indica San Pablo, todas las cosas – tanto las malas como las buenas -- contribuyendo para nuestro bien.  Fijando en el Reino, veremos todo contribuyendo para nuestro bien.

El domingo, 20 de julio de 2014


DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)


Los informes de Irak siguen mal.  Los radicalistas musulmanes han tomado poder del norte.  Amenazan las vidas de la minoría cristiana cuyas tierras, por la mayor parte, están allá.  Seguramente no les dejarán practicar su fe en paz.  La violencia nos deja con el interrogante: ¿Cómo puede Dios permitir a los malvados seguir sembrando el odio? En la parábola evangélica hoy Jesús nos presenta una respuesta.

La parábola propone en términos ilustrativos lo que se ha llamado el “problema del mal”.  Eso es, si Dios es justo, ¿cómo puede la gente buena sufrir atrocidades?  Jesús cuenta cómo se ha descubierto una mala hierba que asemeja el trigo sembrada entre la verdadera planta.  Pregunta: ¿Qué debería hacer el amo de la tierra?  Entonces explica que si arranca la amenaza, va a perder el trigo.  Pero si no la arranca, la mala hierba se aprovechará del agua y del sol destinados para el trigo  En una manera u otra, habrá problemas.  La parábola resuelve el dilema por recomendar que no se moleste tanto por la hierba mala.  Dice que al día de la cosecha se podrá distinguirla del trigo fácilmente para que sea descartada.

Se puede aplicar la sabiduría de la parábola a situaciones actuales.  En el caso de los radicalistas musulmanes, algunos podrían ser jóvenes bondadosos reclutados en la milicia por la fuerza.  Si Dios destrozaría toda la milicia, estos jóvenes no van a tener la oportunidad de mostrar su bondad.  Más cotidiana, la parábola nos indica que no sería provechoso eliminar las serpientes de cascabel porque sirven como consumidores de los insectos.  Hay otro ejemplo más significativo que deberíamos considerar. 

El campo de trigo sembrado con la mala hierba representa a cada uno de nosotros.  Pues, todos nosotros somos una combinación de bondad y maldad.  Un sabio una vez dijo: “La línea que separa el bien del mal no pasa entre estados, ni entre clases, ni entre partidos políticos sino que atraviesa cada corazón humano”.  Aunque nos conocemos como buena gente, sabemos que no somos apenas perfectos.  Pecamos, a veces gravemente.  Un padre de familia no puede comunicarse con su hijo joven.  Cada vez que conversen, terminan gritando a uno y otro.  Una enfermera siente desdén para la compañera de trabajo que es morena.  Si le ve acercándose, casi automáticamente vierte la cabeza al lado. 

La parábola nos cuenta que no somos perdidos.  Dios permitirá que el mal exista a la par del bien por un tiempo.  Pero un día va a arrancar el mal de nuestros corazones tan seguramente como el ortodontista limpia las caries de nuestros dientes.  Entretanto podemos contar con los gemidos del Espíritu Santo dentro de nuestros corazones como dice san Pablo en la segunda lectura.  El Espíritu está rogando por nosotros para lo que ni sabemos que pedir.

¿Significa esto que no tenemos que preocuparnos por nuestros pecados?  ¿Quiere decir que solamente tenemos que esperar la acción de Dios sin hacer nada por nuestra perfección?  ¡Absolutamente no!  Siempre tenemos que confesar nuestras faltas y pedir el perdón.  Entonces, queremos reclamar para nosotros las palabras que rezamos en el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”.  Eso es: Padre, dirige mi voluntad en conforme con la tuya.  Con esta determinación podemos enfrentar a nuestro hijo rebelde o acogerse a nuestra compañera con la calma del pescador en un día caliente de verano.

Una vez un agricultor del Oeste de Texas describió el reto de sus antepasados cuando llegaron a la tierra.  Dijo que tenían que limpiar los campos de “piedras, mezquites, y serpientes de cascabel”.  Cada uno de nosotros tenemos un corazón que asemeja esos campos.  Tenemos que limpiarlo del odio, desdén, y la ira.  Para ayuda podemos contar con Dios como el calor del verano.  Siempre podemos contar con Dios.

El domingo, 13 de julio de 2014

EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

El papa Francisco tiene toda la popularidad de un Juan Gabriel.  Dicen que sus audiencias tienen cuatro veces el número que tenía el papa Benedicto.  Si fuera a venir a nuestra ciudad, muchos irían a verlo.  No sólo católicos sino protestantes, musulmanes, y a lo mejor ateos también.  La gente busca lo famoso aun si no sean aficionados de él.  Por esta razón muchos se aglomeran alrededor de Jesús en el evangelio hoy.

Jesús les habla con parábolas, eso es, con cuentos que parecen llamativos a la imaginación pero desafiante al entendimiento.  “¿Quién es este sembrador?” la audiencia debería estar preguntando y “¿qué tiene que ver conmigo esta historia?”  Sin embargo, en vez de cuestionar sus propias vidas como receptores de la palabra de Dios, la muchedumbre escucha los cuentos como niños miran las caricaturas.  Pues, para ellos escuchando las parábolas es no más que un pasatiempo.  Porque la mayoría no ve a Jesús como el enviado de Dios más que a un Leonel Messi, no vale a Jesús que les explique las parábolas.

Es posible que algunos de nosotros vengamos a la iglesia con los mismos motivos de la muchedumbre en frente de Jesús.  Faltando la conversión, podemos estar aquí más por un motivo egoísta que por la devoción sincera a Dios.  No seríamos los primeros a acudir la misa para buscar más clientes por el negocio o simplemente para ver a las chicas.  Con este planteamiento la palabra de Dios, como la semilla de la parábola caída en el camino, no fructifica nada en nosotros.

Otros de nosotros asistimos en la misa dominical haciendo caso a las palabras de Jesús con el deseo a ponerlas en práctica.  Queremos ser más atentos a nuestras familias y más generosos hacia los necesitados.  Pero nos olvidamos a pedir a Dios Padre diariamente la gracia para seguir a Su Hijo Jesús.  Como la tierra pedregosa de la parábola, nos mostramos como faltando la profundidad de dar crecimiento a la palabra.  Resulta que quedamos con muchas intenciones buenas y pocos logros cumplidos.

Todavía otros de nosotros comenzamos a actuar en la palabra visitando a los enfermos y sirviendo como lector en la misa.  Pero como la planta creciendo entre espinos más tarde o más temprano nos hacemos sobrecogidos por las aventuras de la vida.  Puede ser algo tan necesario como ganar la vida que gradualmente transforma en la búsqueda de riqueza o algo nefario como la pornografía que nos desvíe del servicio al Señor.

Pero no a todos nosotros nos faltan los medios para dar crecimiento a la palabra de Dios.  Varios de nosotros la apreciamos como la fuente de la vida espiritual.  Como tierra buena que nutre la semilla, nosotros atendemos la palabra por vivir como ella nos mande.  Una mujer, tomando a pecho lo que dice el Señor sobre encontrándolo en los prisioneros, va a la prisión dos veces cada semana.  El domingo asiste en la misa con los detenidos, y el lunes por la tarde les catequiza.  Ha estado sirviendo así por más que seis años con el resultado que muchos hombres salen del encarcelamiento con una fe más firme que jamás habrían tenido si fueran libres.

En la segunda lectura san Pablo escribe a los romanos de la tierra gimiendo con la esperanza.  Es la tierra buena dando crecimiento a la palabra de Dios.  Es nosotros atendiendo a nuestras familias y visitando a los enfermos.  Gemimos porque nos cuesta pasar por alto las aventuras de la vida. Pero no vamos a fallar a servir a los necesitados. No vamos a fallar a servir. 

El domingo, 6 de julio de 2014

EL DECIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

La mujer de ochenta años se puso de rodillas al pie de su cama todas las noches.  Rosario en mano, rezó por su familia.  Nunca tuvo hijos; pues, nunca se casó.  Sin embargo, pidió a Dios por su familia: sus hermanos, sus sobrinos, y sus bis sobrinos.   Un sobrino sufrió un infarto.  Un bis sobrino tomaba medicamento por una condición de deficiencia de atención.  Le pareció a ella que siempre hubo necesidad que urgía la petición a Dios.  ¿Pidió a Dios por sí misma?  A lo mejor sí.  Pues su vida no era completamente feliz.  Como soltera a lo mejor sintió la soledad como un disco quebrado repitiendo la pregunta: “¿Qué te falta, María, qué te falta?”

En el evangelio Jesús invita a los fatigados y agobiados que compartan su lote con él.  Inmediatamente pensamos en las víctimas de guerra, la gente que vive en pobreza extrema, los enfermos de cáncer u otra maldad grave.  Pero estas amenazas al cuerpo no son las únicas que experimenten los hombres y mujeres.  Puede ser pesada también la soledad cuando todo el mundo anda con parejas.  A veces la soledad se vuelve en una vergüenza.  En una parroquia urbana hace muchos años los niños del orfanato fueron invitados al frente en el final de la misa dominical.  Entonces el sacerdote pidió a la gente que tomaran a uno de los huérfanos a su casa para la comida.  Los guapitos siempre tuvieron una invita pero muchas veces los niños con caras menos atractivas regresaron al orfanato con corazón quebrado. 

Muchos sufren de la soledad.  Además de los huérfanos y aquellas personas que nunca han casado, hay las viudas y viudos, los divorciados y divorciados, y los casados pero completamente despreciados por su cónyuges. Toda esta gente debería sentir un vínculo con Jesús que nunca se casó. Particularmente estas personas están situadas a entender la pasión de Jesús tanto como la desolación como el dolor físico.  Pues a lo mejor conozcan más que otros cómo siente la traición de un discípulo íntimo, el abandono de amigos, la condenación del pueblo, y el desdén de las autoridades.  Quieren gritar como Jesús en la cruz como reportado en dos evangelios: “¿Dios mío, por qué me has abandonado?”

Más que dar descanso a los fatigados, Jesús les pide que tomen su yugo, eso es, su manera de vivir.  No pide que dejen sus casas para integrarse en un convento.  No, quiere que se fijen en el amor de Dios Padre para cada uno de Sus hijos e hijas.  Este amor les regala una relación cercana con Jesús mismo.  Más que cualquiera otra persona, Jesús les acompañará en todo tipo de circunstancia: en los gozos, las tristezas, y las desilusiones.  Aun cuando lo abandonan, él no les deja solos.  Asegurados por el amor de Jesús, los solteros pueden aprovecharse de su tiempo libre para apoyar a los desafortunados.  Así era la espiritualidad de muchas maestras de escuela una vez.  No se casaban para dedicarse cien por ciento a la educación de niños.

El presidente John Kennedy dijo que Dag Hammarskjold era el mejor hombre de estado del siglo veinte.  ¿Quién era el señor Hammarskjold?  Fue el segundo secretario general de la Organización de Naciones Unidas.  Murió en un desplome de avión en camino a resolver un conflicto en el África.  Hammarskjold nunca se casó.  Pues dedicó su vida a buscar la paz entre naciones.  Era como si entrara en un convento pero el convento fue el mundo a lo cual amaba como Dios mismo lo ama. ¿Conoció la soledad?  A lo mejor que sí, pero la reconoció como el precio de un amor más grande.  Como Jesús, Hammarskjold reconoció la soledad como el precio de un amor más grande.

El domingo, el 29 de junio de 2014

LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO, APÓSTOLES

(Hechos 12:1-11; II Timoteo 4:6-8.17-18; Mateo 16:13-19)

Lionel Messi de Argentina y Neymar de Brasil son dos de los mejores jugadores en la competición de Copa Mundial.  Si la selección de sus países va a ganar el trofeo, será por la brillantez de su actuación.  Los dos se juntan fuerzas para el equipo de FC Barcelona cuando no toman parte en partidos internacionales.  No cabe duda que hacen Barcelona como un equipo bien formidable.  Hoy celebramos a dos santos del mismo equipo cuya fama se extiende mucho más que la de Messi y Neymar.

San Pedro y San Pablo fueron personajes de distintos orígenes pero con una cualidad común – el llamado por Jesucristo a ser su apóstol.  Pedro vino de la clase trabajadora.  No hay razón de pensar que estudiara mucho.  Sin embargo, evidentemente tuvo una lengua de oro. Animado por el Espíritu Santo, su sermón en el día de Pentecostés según los Hechos de los Apóstoles convirtió a tres mil hombres.  Pablo, en contraste, fue un hombre bien culto pero evidentemente tuvo dificultad en predicar.  “¿Que mi oratorio deja mucho que desear?”-- pregunta Pablo en la segunda carta a los Corintios – “Tal vez; pero no mi conocimiento…” (II Cor 11,6).

Pablo, nativo de Tarso, una colonia romana, fue ciudadano del imperio.  Puede ser que por esta razón amonestó a los cristianos a obedecer al emperador.  En su Carta a los Romanos, por ejemplo, cargó a los romanos que se sometieran a las autoridades públicas.  Al otro lado Pedro hizo la reserva necesaria a ese dictamen cuando proclamó al Sanedrín, el consejo supremo de los judíos: “Hay que obedecer a Dios antes de que a los hombres” (Hechos 5,29).  Ciertamente Pablo se probó a sí mismo de acuerdo con Pedro por preferir el martirio a dar culto a los dioses paganos como el imperio romano mandaba. 

Ahora la Iglesia en muchas partes se encuentra en una lucha con la sociedad sobre la cuestión de quien merece la lealtad – las autoridades o Dios.  En los Estados Unidos el gobierno desea que las diócesis junto con algunas entidades privadas provean servicios para sus empleados que creen malos.  Precisamente el gobierno ha mandato que los empleadores compren seguros que proveen a las mujeres anticonceptivos incluso los tipos que causen abortos.  En un nivel más común la sociedad está presionando a todos nosotros para que conformemos con sus normas cada vez más hedonista.  Hace poco el director de una empresa cibernética tuvo que renunciar a su puesto por haber expresado su opinión en contra del “matrimonio gay”.  Igualmente preocupante, los medios de comunicación, a veces en conjunto con las instituciones académicas, entregan a los jóvenes un mensaje inmoral. Indican en diferentes maneras que está bien tener la intimidad sexual fuera del matrimonio con tal que se use un preservativo para evitar, en su modo de pensar, “problemas”. 

Para despertar a los católicos de la amenaza del gobierno en los asuntos religiosos los obispos americanos han lanzado hace dos años los “quince días por la libertad”.  Quieren que en las dos semanas conduciendo a la celebración de la independencia del país todos los católicos se den cuenta de que el gobierno está minando un principio constitucional por forzar una institución o un individuo a hacer algo en contra de su conciencia.  Los jerarcas saben que adherir a los principios morales y católicos no disminuye la lealtad cívica sino la apoya.  En esto los obispos tienen a figura no menos significante que George Washington como testigo en su defensa.  Al despedirse de la presidencia, George Washington escribió a la nación: “Entre todas las disposiciones y hábitos que conducen a la prosperidad política, la religión y la moralidad son apoyos indispensables”.

Se dice que el yin y el yang son fuerzas aparentemente contrarias pero en realidad complementan uno y otro.  Al tener el yin sin el yang será incompleto, deficiente. Sería como tener a Pedro sin Pablo o a Pablo sin Pedro en la Iglesia primitiva.  Se necesitan los dos para cumplir la historia.  La Iglesia es tanto de los trabajadores como de los cultos, tanto leal a las autoridades públicas como, y sobre todo, leal a Dios.  Que siempre seamos así: leales a las autoridades pero sobre todo a Dios.

El domingo, 22 de junio de 2014


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Cuesta apreciar bien el valor del pan blanco.  Ahora los cómicos hacen chistes del pan Bimbo.  Pero seguramente  no conocen bien su historia.  Al final del siglo diecinueve la mayoría del pan comprado fue horneado en las “panaderías celulares” debajo condiciones sórdidas.  Frecuentemente los panaderos agregaron aserrín para aumentar el peso del producto.  Entonces hace más o menos cien años comenzaron a hacer el pan en panaderías tan grandes como fábricas.  Lo pusieron en bolsas selladas para prevenir que entrara contaminaciones.  Para permitir que la gente viera que el pan no tenía mugres, hicieron el pan con harina blanqueada.  En tiempo cortaron el pan en rebanadas para hacer sándwiches y ponerlo en la tostadora.  Y durante la Segunda Guerra Mundial  comenzaron a agregar las vitaminas para que los consumidores no sólo tuvieran la mayoría de las calorías del pan sino también una buen parte de los nutrientes necesarios.

A pesar de que el pan blanco representa una revolución en la historia de la comida, los sofisticados ahora se burlan de ello.  Apuntan al pan que cuesta cinco dólares por libra como sumamente superior.  Una criticona dijo que el pan blanco es para la gente que no tienen sueños.  Respondió un sabio que la gente que comía pan blanco ciertamente soñaba pero sus sueños eran modestos – una vida sana y estable en la cual sus hijos podrían madurar en personas productivas y responsables.  Ahora podemos ver un paralelo entre la evaluación del pan blanco y la del “pan de la vida”, el Cuerpo de Cristo.

A través de los siglos ha habido escépticos rechazando el pan eucarístico como absurdo.  Como los judíos en el evangelio hoy, preguntan: “’¿Cómo puede (Jesús) darnos a comer su carne?’”  Desgraciadamente, hoy en día se encuentran aún varios creyentes con conceptos similarmente distorsionados.  Algunos piensan que está bien recibir la hostia después de mirar la pornografía sin recurrir al Sacramento de Reconciliación.  Igualmente lamentable es el hecho de muchos abandonando la Eucaristía dominical para mirar la tele.  No se dan cuenta de que sea necesario aprovecharse del sacramento para vivir rectamente con la plenitud de la vida como su destino.

Usualmente la comida que consumimos se hace parte de nuestros cuerpos.  Las moléculas de proteína, carbohidrato, y gorda son ingeridas para darle al cuerpo la energía y el aumento.  Pero no es así con el Cuerpo de Cristo.   En lugar de formarse en nosotros, el Cuerpo de Cristo nos envuelve en sí mismo.  Unidos tan íntimamente con el Señor Jesús  podemos compartir en el amor de la Santísima Trinidad.  Este amor nos impulsa a ir el kilómetro extra para visitar al enfermo con cáncer o dar una ayuda financiera junto con el pésame a la viuda con hijos pequeños.  Por ser unidos con Cristo podemos también esperar la vida eterna que él ya tiene como hombre resucitado de la muerte.

Dentro de poco vamos a rezar juntos el Padre Nuestro.  La oración se ha hecho tan ordinario que pensemos que la entendamos bien.  Sin embargo, hay una petición entre las siete que cuesta apreciar.  Cuando pedimos “nuestro pan de cada día” no tenemos en cuenta el pan Bimbo para que consumamos las calorías necesarias diariamente.  Más bien, según los expertos, estas palabras significan algo supersustancial para hacernos santos.  Eso es, el pan eucarístico no solamente nos da la energía sino el amor para hacer lo bueno, lo valeroso.  Por eso, se llama el pan eucarístico “el pan de la vida”.