E; domingo, el 28 de diciembre de 201



La Sagrada Familia de Jesús, María y José4

(Génesis 15:1-6.21:1-3; Hebreos 11:8.11-12.17-19; Lucas 2:22-40)

En un cine hace diez años una familia joven vive cómodamente en San Diego.  La pareja tiene varios chiquillos.  El esposo es guapo y suave.  La mujer parece como madre cumplida llevando a sus hijos a escuela y fiestas.  La familia parece como María y José llevando al bebé Jesús al Templo en el evangelio hoy.

En el principio de la historia navideña los padres de Jesús se probaron obedientes a la ley romana por partir a Belén para el censo.  Ya parecen similarmente atentos a la ley judía por llevar a Jesús al Templo para su presentación a Dios.  Son como muchos padres en parroquias a través del país llevando a sus hijos al catecismo.  Quieren que sus hijos aprendan los rezos para que sean conocidos como gente respetable.

Pero ser respetable no es igual a ser justa.  La familia tiene que enseñar a sus hijos en la casa cómo seguir a Jesucristo, la luz a las naciones.  Eso es, tiene que mostrarles cómo servir a los demás por amor de Dios.  Un hombre describe la lección que aprendió de su padre, un florista.  Dice que una vez su padre regaló una corona de Adviento a un pobre de la vecindad.  Cuando el hijo se quejó, su padre le dijo: “Un día aprenderá que no es el dinero que cuenta sino en los ojos de Dios es la gente que cuenta”.

Años después, María tendrá una experiencia que prueba su amor para Dios.  Jesús está predicando cuando se entera que ha llegado su madre María con sus hermanos.  Entonces Jesús dice: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?  Aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lucas 8, 21).  Se incluye a María entre los verdaderos parientes de Jesús porque desde el principio ella actúa en lo que le dice Dios.  Los expertos bíblicos creen que esta experiencia – más que sufrir la crucifixión de su hijo -- constituye la espada que atravesará el corazón de María.  Es la misma espada que prueba a cada uno de nosotros.  Podemos considerarnos hermanos de Cristo sólo si caminamos en la luz a las naciones.

Nos cuesta cumplir las enseñanzas de Jesús particularmente cuando choquen con las esperanzas de los demás.  En el mundo de los jóvenes es difícil resistir la tentación de ver la pornografía en el Internet.  En el ambiente político es costoso defender leyes contra el aborto y oponer las propuestas del matrimonio gay.  En nuestras casas con el televisor emitiendo mentiras día y noche nos reta a decir a los muchachos que han de decir la verdad siempre.

Los americanos tienen un cine preferido para este tiempo navideño.  Muchos miran a “Qué bello es vivir” para recordar el significado del tiempo.  La historia muestra a un hombre que siempre ayudaba a los demás.  Entonces enfrenta una crisis financiera en que cuestiona su bondad a los otros.  Piensa en renunciar el servicio que ha prestado desde su niñez.  Pero Dios manda a un ángel que le convence una vez más que no es el dinero que cuenta sino la gente.  Es la gente que cuenta.

El domingo, 21 de diciembre de 2014



EL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(Samuel 7:1-5.8-12.14.16; Romanos 16:25-27; Lucas 1:26-38)

El otro día radicalistas musulmanes masacraron a más que ciento treinta adolescentes en Pakistán.  Entraron en una escuela de hijos de militares y abrieron fuego con sus rifles.  Los asesinos supuestamente querían recompensar a los padres de los muchachos por una acción semejante. Su crimen pone en relieve la necesidad de la iniciativa de Dios relatada en el evangelio hoy.

Dios envía al ángel Gabriel a María de Nazaret.  Quiere que la joven sea un instrumento clave en Su plan de la reconciliación.  Ella daría a luz un hijo con el nombre “Jesús” que significa “Dios salva”.  Por José, su esposo con quien no ha tenido relaciones íntimas, el niño tendría el linaje de David.  Como su antepasado reunió todas las tribus de Israel, Jesús reuniría las naciones del mundo en un solo pueblo exaltando a Dios.  Se ha mostrado este logro en los santos de la Iglesia tan diversos como San Martín, el mulato de Perú, y Santa Teresa Benedicta de la Cruz, la conversa alemán del judaísmo. 

Tan noble como suene, ser el hijo de David no sería la identificación más distinguida para Jesús. El ángel dice a María que el Espíritu Santo descendería sobre ella haciendo a Jesús el Hijo del Altísimo.  Por esta descendencia, él sería la presencia reconciliadora de Dios ofreciendo cada corazón humano la paz.  La persona sólo tiene que arrepentirse de sus modos pecaminosos mientras confía en la misericordia de Dios.

María demora un momento.  No es que tenga dudas del plan de Dios. Sólo no está segura que el ángel haya llegado a la puerta correcta.  Como virgen, se pregunta cómo  puede ser madre.  Cuando el ángel le asegura que sería por intervención del Espíritu Santo, María responde con más que un “sí”.  Precisamente dice, “…cúmplase en mí lo que me has dicho”.  Es lenguaje ejecutivo que hace firme lo que se está pensando en la mente.  Es como el compromiso que los novios hacen en el día de sus bodas.  Es decir, “Ya no quiero más seguir mi propia voluntad sino la tuya”. 

Como Jesús y como María, hemos de conformarnos a la voluntad de Dios Padre.  Cada uno tiene que discernir en la oración lo que Dios quiere para él o ella. Sin embargo, podemos enumerar algunas disposiciones que conforman a la voluntad de Dios para el tiempo navideño.  Primero, Dios quiere que tratemos todos los deleites del tiempo – los pasteles y los regalos -- como signos indicando la llegada del Salvador.  Qué no confundamos las señales con la realidad, Jesucristo, por caer en la gula o la envidia.  Segundo, el Señor desea que nos aprovechemos de este tiempo de paz para buscar la reconciliación con nuestros enemigos.  Tal vez hayamos discutido con un pariente o guardemos el rencor contra una vecina.  No hay mejor oportunidad para enmendar relaciones que estos días de gracia.  Finalmente, Dios quiere que recordemos a los pobres con quienes Jesús se identificó cuando sus padres lo colocaron en el pesebre.  Es tiempo oportuno para compartir de nuestra riqueza con las Caridades Católicas o la Campaña Católica para el Desarrollo Humano.

A las familias les gusta amontar los regalos cerca el árbol navideño.  Todos son envueltos en papel colorido y adornado con cintas.  Los niños se preguntan si los regalos tienen los juguetes que pedían.  Los adultos esperan que no se les olvidara de nadie.  Pero el mejor regalo no aparece al pie del árbol navideño.  Ni se puede conseguirlo por sí mismo.  Pues el mejor regalo es la reconciliación que Jesús nos ha ganado.  El mejor regalo viene de Jesús.

El domingo, 14 de diciembre de 2014



El Tercer Domingo de Adviento

(Isaías 61:1-2.10-11; I Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-8.19-28)

Se puede ver el Evangelio según San Juan como un juicio largo con Jesús como el acusado.  Al menos en los primeros diecinueve capítulos los judíos y últimamente Pilato andan buscando evidencia para ejecutarlo.  Se lo ve antes del discurso del pan de la vida cuando los judíos piden una señal de Jesús.  También está presente en la interrogación del hombre a lo cual Jesús restauró la vista.  En el evangelio hoy el primer testigo del juicio da su testimonio en favor de Jesús.  Juan Bautista dice que él mismo no es el Mesías sino uno que viene detrás de él.  Por decirlo, Juan nos da un ejemplo.

Cuando éramos chiquillos, nuestros padres nos dijeron que el mundo no revolvía alrededor de nosotros.  En otras palabras, no somos las personas más importantes ni en nuestras familias, mucho menos en el mundo entero.  Desgraciadamente, no siempre hemos recordado esa lección.  A veces nos comportamos como si todos debieran hacernos caso, como si fuéramos el Mesías.   Sí, estamos creados en la imagen de Dios para cumplir su voluntad, pero la salvación del mundo no depende de nosotros.  Cuando se ordenó Josef Ratzinger, el papa Benedicto, como sacerdote, los ciudadanos de su pueblo tenían una gran fiesta.  Estaban agradecidos a Dios que el don de la misa continuara en su país.  Escribe el papa Benedicto que durante la procesión él tenía que contarse a sí mismo: “Esto no es de ti, Josef, no es de ti”. 

Así deberíamos recordarnos a nosotros mismos cuando nos aplauden por el trabajo que hemos hecho con la ayuda de un equipo: “No es de ti, Carmelo, no es de ti”.  No, es del grupo a decir nada de nuestros padres, maestros, y amigos que nos han hecho las personas que somos.  Y cuando pensamos que el propósito de Navidad es para complacer a los otros y ser complacidos: “No es de ti, María, no es de ti”.  No, el propósito de la Navidad es recordarnos que Jesús ha llegado para salvarnos de nuestra tontería.  Ejemplos de ella abundan.  Recientemente se ha hecho la moda enviar textos con no sólo palabras de la intimidad sino fotos de partes privadas.  Jesús nos ha salvado de eso también.

No es simplemente por predicar la moral que Jesús nos salva.  Más bien, es su entrega a la voluntad de su Padre Dios para proclamar Su amor que resultó en el evento pascual que nos hace libres de pecado.  Con este acto nos enseña el significado del amor que nos hace en personas dignas de la vida eterna.  Por eso, Juan puede decir con toda honestad de Jesús: “…no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”. 

Jesús nos llama a apropiarnos de su amor.  Quiere que hagamos los sacrificios de placer, plata, y prestigio para dar a nuestra familia el mejor apoyo posible.  Algunas veces el sacrificio exige que sigamos en el matrimonio aunque hayamos perdido el afecto para nuestra pareja.  Como dice la doctora Laura de la fama de radio el matrimonio no es sólo de los cónyuges sino es de los hijos también.  Los niños necesitan a los dos padres ahora más que nunca.  Seguir en una relación íntima sin gran afecto puede comprender una cruz pesada.  Pero la llevamos al lado del Salvador quien nos presta una mano para sostenerla.

Una vez un predicador mexicano-americano rezó en español en la junta del consejo de una ciudad.  El alcalde le dijo después que no comprendió ni una palabra de su oración.  El predicador le respondió que estaba bien, que él no hablaba a él sino a Dios.  Es así con la Navidad.  Su propósito no es en primer lugar para complacer a nosotros sino a reconocer que el Salvador ya ha llegado.  La Navidad es para reconocer la llegada del Salvador.