El domingo, 27 de abril de 2014


EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31)

“Dios no es muerto” es el título de un nuevo cine.  Tiene que ver con la pregunta si Dios existe o no.  Aunque podemos demostrar la existencia de Dios, muchos no lo aceptan.  De todos modos no podemos probar que Dios se comprende de tres personas cada quien completamente Dios y distinguible del otro.  No, tenemos que aceptar la Santísima Trinidad por la fe.  También se necesita de la fe para aceptar la resurrección de Jesús de la muerte.  Ciertamente hay los testimonios de los apóstoles pero no se ha duplicado el evento en la historia.  La segunda lectura hoy de la primera Carta de Pedro nos indica que cosa inestimable es la fe.

La fe es tanto un don de Dios y la respuesta humana.  Como don la fe nos llena con la esperanza de la felicidad eterna.  Esta meta da forma a todos nuestros motivos.  Ya no existimos para acumular el oro o para maximizar el número de cruzadas.  No, vivimos para acompañar a Jesucristo hacia la justicia de su Reino.  Para que no tropecemos en el camino, Dios nos provee con la prudencia señalándonos la elección correcta en cada bifurcación en el camino.  Como respuesta humana, la fe nos coloca entre la comunidad de creyentes que nos enseñan con su ejemplo y nos apoyan con su fervor.

Sin embargo, muchos de nosotros, como Tomás en el evangelio, experimentamos dudas cohibiendo la fe.  Creemos en Dios pero comenzamos a preguntarnos por qué parece que Dios no contesta nuestros rezos por Eduardo, un hombre relativamente joven, sufriendo con cáncer.  Creemos en la resurrección de la muerte, pero nos preguntamos por qué no podemos  comunicarnos con los muertos.  ¿Qué podemos hacer?  En primer lugar tenemos que recordar que el cumplimiento de la promesa de Cristo – la resurrección de la muerte – tendrá lugar sólo al final de los tiempos.  Entonces el alma reunirá con los restos – sea los propios huesos o la tierra en que desintegraron – para formar un cuerpo renovado para la eternidad.  Sí, creemos en la existencia del alma separada del cuerpo pero como nosotros después de levantarse en la mañana no listos para salir afuera.

Más al caso, la vida de la comunidad representada por los santos nos suple la razón para seguir creyendo.  Cada año en el segundo domingo de la Pascua leemos de la parte de los Hechos de los Apóstoles donde se describe la vida de la antigua comunidad de Jerusalén.  Muestra cómo la gente expresa su fe con profundos hechos de auto-entrega.  Desde entonces la Iglesia siempre se ha distinguido por los santos.  Hoy mismo se declaran santos dos hombres que hemos conocido nosotros como extraordinarios en sus pensamientos y actos.  El papa Juan XXIII se dio cuenta que la Iglesia estaba estancada frente a los grandes interrogantes de la sociedad moderna: ¿Dónde está Dios mientras millones mueren en guerras?  ¿Qué tiene que ver la fe con la ciencia?  Aunque estaba en su vejez, tenía el valor de llamar el Segundo Concilio Vaticano para dar respuestas a los interrogantes y situar a la Iglesia para trabajar por un mundo mejor con toda gente de buena voluntad.

Conocemos aún mejor los logros del papa Juan Pablo II: su devoción, su energía, su creatividad.  Como papa joven viajaba incansablemente demostrando al mundo entero el amor de Dios y la preocupación de la Iglesia.  Como viejo no se retiró de la escena sino se ofreció su propio rostro como signo de la dignidad de la persona desde la concepción hasta la muerte natural.  Como se dice de los milagros de Cristo al final del pasaje evangélico hoy, los hechos admirables del papa (ahora santo) Juan Pablo son muy numerosos para un libro.

Se dice que la fe es una carretera.  La viajamos siguiendo a Cristo, nuestro salvador.  Por ella pasamos la vida con sus muchas bifurcaciones del camino: nuestras preocupaciones y preguntas.  Pero no nos extraviamos porque estamos acompañados por los santos.  Ellos nos aseguran la llegada a nuestro destino, la felicidad eterna.  La fe nos lleva a la felicidad eterna.

El domingo, , 20 de abril de 2014


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 10:34.37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9)


Recuerda Rocky.  Fue una película que estrenó hace treinta y pico años.  El protagonista era boxeador a quien le dieron la oportunidad a luchar para el campeonato.  Entonces comenzó a levantarse temprano para entrenarse.  La película le mostró corriendo en el mero centro de la ciudad sin tránsito ni ruido.  Pues, eran las cinco de la madrugada.  Asimismo el evangelio hoy comienza a una tal hora. 

El pasaje indica la hora de la salida de María Magdalena al sepulcro de Jesús por decir “estando todavía oscuro”.  Esta frase indica también la condición de la fe de María.  Como Nicodemo vino a Jesús con dudas cuando era noche, así la fe de María queda confusa.  Todavía no entiende lo que Jesús significaba cuando dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (11,25).  Pensando en su querido Señor como muerto, sólo quiere consolarse cerca de sus restos.  Nuestra fe a menudo experimenta la misma confusión después de un fuerte choque con la realidad.  Puede ser la muerte repentina de un pariente o la pérdida inesperada de nuestro empleo.   En lugar de recurrir a Dios para el apoyo, como María enfurruñamos en la desesperación.

En tal situación solemos a fijarnos en la negativa.  Hacemos acusaciones y echamos desprecios.  Decimos algo como: “¡Los ingratos! Me despidieron porque no reconocen mi cumplido aporte por diez años”.  Sentimos como un camarón siendo comido por un tiburón.  Así María Magdalena corre a los discípulos con una interpretación equivocada del sepulcro abierto.  Insinúa la intriga cuando dice: “’Se han llevado…al Señor’”.   En su manera de ver, los judíos, que siempre amenazaban a Jesús, ya le han hecho el último insulto por profanar sus restos. 

Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, corren al sepulcro.  Quieren verificar la historia de María, pero su prisa señala que están turbados.  A lo mejor piensan que si los judíos se han llevado el cuerpo de Jesús, entonces van a venir pronto buscando a ellos, sus discípulos.  Así nosotros nos hundimos más en la desesperanza.  Preguntas transcurren nuestras mentes como: “¿Ahora qué voy a hacer?” y “¿Cómo podré pagar la casa, el carro, y mi deuda escolar?”.

Sin embargo, dentro de poco comenzamos a ver posibilidades.  Puede ser el recuerdo de un amigo que nos ofreció empleo.  Pensamos que aun si ya no necesita ayuda, ella podría darnos otras pistas para encontrar trabajo.  Nos llenamos de esperanza de nuevo.  Es algo como lo que pasa al discípulo amado cuando se fija en los lienzos en el suelo y el sudario doblado.  De repente se da cuenta que Jesús dijo: “…yo doy mi vida para retomarla de nuevo” (10,17).  Ya sabe que es la verdad: ¡Jesús ha resucitado!

¿Por qué el discípulo que amaba el Señor cree cuando Pedro sigue en asombro?  Ciertamente Jesús ama a todos sus discípulos, pero este discípulo, innombrado en el evangelio, se aprovecha de su amor.  No se preocupa de cómo ganar la fama.  Más bien, se satisface con el hecho que Jesús le quiere.  Cree en el Señor como resucitado porque, sintiendo su amor, recuerda cómo dijo “no los dejaré huérfanos” (14,18).  Se dice que el amor es ciego, pero esto es el amor carnal.  El amor perfecto, el amor de Jesús, nos hace ver.  Es la dedicación de un maestro que no falla a sus alumnos sino que les hace tener la fe en sí mismos y en el valor del estudio.  Nosotros podemos aprovecharnos de este amor alumbrador de Jesús por dejar atrás el fingimiento de nuestra grandeza para hacer nuestra meta el cumplimiento de su voluntad.  No hay ninguna razón para angustiarnos; pues Jesús, que es más poderoso que nosotros, nos proveerá todo lo necesario.

Se reconoce la Pascua como la celebración de la vida con polluelos y conejos.  Pero estos animales no significan la vida regular con sus preguntas preocupantes como “¿Cómo voy a proveer lo necesario?”  No, los polluelos y los conejos representan la vida en abundancia, que es el amor de Dios conquistándonos la duda, la preocupación, y últimamente la muerte.  Hoy celebramos el amor conquistando la duda, la preocupación, y la muerte. 

El domingo, el 13 de abril de 2014


DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14-27:66)


En un poema una pareja está rezando juntos el rosario.  Ella dice: "Dios te salve, María...bendita eres entre todas mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús."  Él responde: "Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".  Entonces el poema explica que el hombre se le muere.  La mujer sigue rezando como siempre: "Dios te salve, María,..." Pero esta vez nadie le responde nada.  Sólo hay la soledad callada. La pasión de Jesús según san Mateo que acabamos de escuchar nos asegura que el Señor conoce esta soledad, y la redime.

Cada relato de la pasión es distinto.  El año pasado la pasión según San Lucas nos mostró la bondad de Jesús cuando, por ejemplo, pide misericordia por sus verdugos.  Siempre al Viernes Santo el evangelio según San Juan nos presenta a Jesús reinando en la cruz mientras forma una nueva familia, la Iglesia. La pasión de San Mateo y la de San Marcos destacan el sufrimiento tanto psicológico como físico de Jesús.  Desde el momento en que Jesús señala a Judas como el traidor, tenemos un sentido de  su aislamiento. Este sentimiento crece en Getsemaní dónde está de bruces contra el suelo pidiendo a su Padre Dios que le quite la prueba que lo enfrenta si es posible. 

La desolación no se alivia tampoco durante los juicios.  Ante el sanedrín ¿podría ser algo más humillante que ser golpeado y escupido como profeta falso después de dar un testimonio completamente veraz? Aunque Pilato le muestra alguna comprensión, últimamente el procurador romano traiciona su conciencia para aplacar a la muchedumbre.  Por supuesto, es en la cruz donde el aislamiento de Jesús alcanza su culminación.  Tres grupos distintos - los viandantes, los líderes judíos, y los otros ladrones (no hay un "buen ladrón" en este evangelio) - lo desprecian.  El medioambiente refleja lo sombrío de su situación con una eclipsa del sol. Al añadir insulto a injuria, ofrecen a él en agonía vinagre de beber.  No es por nada que Jesús muere con la pregunta, "'¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?'" en sus labios.

¿Qué significan estas palabras?  Vale la pena considerarlas por un ratito.  Son las primeras palabras del Salmo 22 que termina con el salmista alabando a Dios.  Pero no es probable que Jesús repita estas palabras aquí con la confianza.  Lo significativo es que no más se dirige a Dios como Padre.  Es como te sientes cuando te desconocen tu hijo y nuera después de que te has agotado tratando de complacerlos.  Sin embargo, no se puede decir que Jesús esté  rechazando a Dios. Al contrario, está rezando aunque con la desilusión.  Así muere.  

Entonces Dios Padre se muestra como haber estado atento a toda la ordalía de Su Hijo.  El soldado romano proclama a Jesús "'Hijo de Dios'".  Aún más impresionante un temblor sacude la tierra despertando a los justos de la muerte.  Vemos que todo el dolor que ha experimentado Jesús -- ambos psicológico y físico - no ha sido en vano sino merece la salvación. 

La pasión de Jesús según san Mateo debería apoyar a todos nosotros cuando sentimos aislados, malentendidos, o injustamente perseguidos.  Puede ser con la muerte de un ser querido o tal vez después de un divorcio en que fuimos traicionados.  Nos asegura que Dios nos acompaña a través de estas pruebas aun si no hemos podido reaccionar a la desgracia con honor completo.  Está con nosotros convirtiendo nuestra tragedia en la esperanza, nuestras lágrimas en suspiros de alivio.  Dios está con nosotros.

El domingo, 6 de abril de 2014

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA, 6 de abril de 2014


(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

Se llama la primera mitad del Evangelio según San Juan “el Libro de Señales”.  El texto describe varias acciones de Jesús que señalan quien es y porque ha venido.  En Caná cambia el agua al vino para señalar que es el Hijo de Dios llegado al mundo para aumentar la felicidad de la gente.  Cerca de Tiberíades él da de comer pan y pescado a los cinco mil hombres para señalar que proveerá el sustento a las multitudes.  Y en Jerusalén su curación del hombre nacido ciego señala que es la verdadera luz guiando al mundo a un destino eterno.  El pasaje hoy culmina esta sección del evangelio con la señal más significante de todas: la resucitación de Lázaro de la muerte. 

Cuando Lázaro emerge del sepulcro, tres grupos diversos atestiguan el evento.  Cada uno tiene su propio planteamiento hacia Jesús. Estos planteamientos en torno representan tres tipos distintos de la fe que podemos identificar entre nosotros.  Por supuesto, la resucitación de Lázaro muestra que Jesús tiene poder sobre la muerte.  Sin embargo, como señal apunta algo más grande: que Jesús viene para proveer al hombre con la vida en plenitud – la vida eterna.  Se puede caracterizar cada grupo según su aprecio para este legado preciosísimo de Dios.

Los discípulos de Jesús comprenden el primer grupo de creyentes.  Ellos han visto varias señales de Jesús y lo han aceptado como el Mesías de Israel. Sin embargo, cuando Jesús les dice que va a volver a Judea donde encontraba amenazas antes, ellos se preocupan de su vida.  Entonces Tomás, tomando la palabra por todos, dice con bravuconada: “’Vayamos también nosotros, para morir con él’”.  La fe de los discípulos, al menos a este momento, es más brillo que confianza.  Todavía no entienden que Jesús es el Señor completamente encargado de los eventos de la historia.  Muchos entre nosotros creen así.  Pueden repetir las fórmulas que Jesús es el Hijo de Dios y es el Rey universal con poder sobre todo, pero no entienden bien lo que están diciendo.  Necesitan de la catequesis para apreciar las promesas de Dios en Jesucristo.

Los judíos también atestiguan la salida de Lázaro del sepulcro.  Ellos no se oponen a Jesús aquí como en otras partes del evangelio, pero tampoco muestran gran fe en él.  Desilusionados, ellos preguntan: “’¿No podía este, que abrió los ojos al ciego…hacer que Lázaro no muriera?’” Para ellos Jesús sirve como un curandero, no como el médico divino que dispensa la vida eterna.  Hay muchos entre nosotros – tal vez no aquí en el templo pero en casa mirando la tele – así.  Recurren a Jesús sólo con necesidades terrenales.  Rezan para que pasen un examen o cuando sus papás estén internados.  Pero no les ocurre a pedirle a Dios que les conceda la gracia para hacerse santos.

El tercer grupo se constituye de sola una persona.  Marta expresa la fe en Jesús como el Mesías que ha venido al mundo para salvarlo.  Pero aun ella titubea cuando Jesús da el orden a quitar la piedra.  Muestra que difícil es entregarse totalmente al Señor aun para la persona bien catequizada.  Tal vez la mayoría de nosotros tengamos esta fe imperfecta de Marta.  Querríamos enfrentar la muerte tranquilos pero nos cuesta demasiado.  Hacemos todo lo posible para mantener la vida biológica.  Cuando oigamos de una persona muriendo antes de que tenga ochenta años, pensamos que es tragedia.  Sin embargo, hay unos pocos como la pareja de El Paso que no desesperó nada cuando su hijo murió de repente con sólo cincuenta años.  Dijeron que eran agradecidos a Dios por tomar a su hijo entonces cuando acabó de reconciliarse con la Iglesia después de llevar varios años lejos de los sacramentos.  No es que no amaran a su hijo sino al contrario.  Lo amaban tanto que quisieran sobre todo que tuviera la vida eterna con Dios.

Lázaro sale del sepulcro con la cara envuelta en un sudario porque va a morir de nuevo.  Pero cuando Jesús resucita de la muerta, deja el sudario doblado en la tumba porque su resurrección es definitiva.  No va a morir más.  Que tengamos la confianza que juntados con él por la fe, nuestro destino es el mismo.  En la resurrección de los muertos  vamos a dejar atrás todo el equipo funerario para vivir con Jesús en la gloria. Juntados con él en la fe, nuestro destino es vivir con Jesús en la gloria.

El domingo, 30 de marzo de 2014


IV DOMINGO DE CUARESMA 

(I Samuel 16,1.6-7.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

Es curiosa la novela, El principito.  Fue escrito para niños.  Pero la mayoría de la gente no la conoce hasta que lleguen a la universidad.  Una frase de la obra  particularmente ha llamado mucha atención a través de los años.  Dice el zorro al principito: "…sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos."  Parece que el hombre nacido ciego aprende esta lección en el evangelio hoy.

Se ha visto este pasaje como un estudio en la realización de la fe.  Como el hombre sólo reconoce quien es Jesús gradualmente, así nosotros llegamos a la fe madura sólo con años de practicarla.  Después de su curación, el hombre identifica a Jesús como el que le hizo bien.  Entonces, lo reconoce como un profeta con palabras poderosas.  Finalmente, al dialogar con Jesús, él consienta en que Jesús es el Hijo del hombre: eso es, el enviado por Dios para salvar el mundo. Así creemos en etapas.

Cuando somos niños, creemos en Dios como un Santa Claus que va a cumplir todos nuestros deseos.  Esta fe es ingenua porque todavía no ha experimentado el reto de dolor.  En la juventud la fe se hace más como una decisión que una verdadera convicción.  Por los primeros roces con la maldad – la muerte de un ser querido o, posiblemente, una vislumbre de la pobreza extrema que acosa la quinta parte de la población mundial -- experimentamos dudas en nuestra creencia.  Entonces tenemos que decidir: Dios es o la verdad o un mito. Si decidimos que es verdad, entonces nos queda otra decisión: si o no seguiremos las tradiciones y los preceptos de la Iglesia, el guardián de la fe.  Si es mito, podemos rechazar la religión completamente o, tal vez, darle un poco de atención para mantener la paz en la casa.  Esperamos que en la vejez hagamos un acto pleno de la fe.  Por este tiempo hemos visto cómo los humanos mismos causan su propio daño.  Más al caso, nos hemos dado cuenta que Dios ha sido fiel proveyéndonos oportunidades del crecimiento a cada vuelta.  Finalmente entendemos que nuestra felicidad no queda en cruzadas en los siete mares, mucho menos en placeres eróticos sino en cumplir la voluntad de Dios.

Estamos hablando como si la fe en primer lugar fuera la aceptación de creencias.  Ciertamente la profesión de creencias nos apuntan a la fe, pero principalmente la fe es la confianza en otra persona, para nosotros en Jesús.  Al comienzo del evangelio hoy el hombre nacido ciego conoce a Jesús superficialmente.  Él puede decir sólo que Jesús es el hombre que “hizo lodo, me puso en los ojos y me dijo” ‘Ve a Siloé e lávate’”.  Pero Jesús lo busca para fortalecer su relación con él.  Cuando los fariseos lo echan fuera de su lugar, Jesús lo consuela.  Así nos busca a todos nosotros en las diferentes etapas de la vida para consolidar nuestra confianza.  En la niñez vemos a Jesús como el collage de las imágenes de él visto en los evangelios.  Es al mismo tiempo el Hijo de Dios, el Santo de Israel, el gran Maestro, el Profeta, el Buen Pastor, etcétera.  En la juventud Jesús nos permite imaginarlo como queramos: un filósofo, un guerrillero, o aun un rock star.  Después de una vida de discernimiento lo vemos como es: nuestro mejor amigo llevándonos a su Padre Dios en todos los tiempos de la vida: en nuestra alegría para felicitarnos, en nuestra desilusión para consolarnos, en nuestra traición para perdonarnos, y en nuestra debilidad para apoyarnos.  Por su constancia sabemos que podemos contar con él cuando todas las otras fuerzas nos abandonan en la muerte.  Entonces él nos levantará del polvo para presentarnos al Padre.

Había un ciego nombrado Manuel a quien le gusta decir; “Veo”.  Sabía bien cómo la frase pareció curioso por un hombre tal como era, pero le fascinaba tanto la idea de la vista.  A lo mejor Manuel vio más que muchos de la población mundial.  Pues, tuvo la fe.  Supo que Jesús lo acompañaba, sea en la iglesia o sea en una cruzada.  Con la fe vio a la persona que es el más importante a ver.

El domingo, 23 de marzo de 2014


EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

Gente en todas partes sabe de Marilyn Monroe.  Aunque murió hace más que cincuenta años, sigue su cara como una de las más conocidas en el mundo.   Tuvo una belleza tan extraordinaria que sólo pudiera ser igualada por su miseria.  Pues, tuvo tres esposos, a lo mejor abortó varios bebés, y probablemente se suicidó.  En el evangelio hoy Jesús encuentra a una mujer con una historia casi tan indecorosa como la de Marilyn Monroe.

Jesús es cansado, pero se dirige a la samaritana.  No le importa que ella vive con un hombre que no es su marido, mucho menos que los judíos no tratan a los samaritanos.  No, a Jesús la samaritana es una hija de Dios, en necesidad del amor verdadero.  Es similar a la historia que se cuenta de un sacerdote muriéndose del cáncer.  Un día cuando estaba en el consultorio de su médico, el sacerdote encontró a una enfermera que era católica pero ya no practicaba la fe.  Dijo ella que por haber visto tanto sufrimiento no más pudo creer en un Dios personal.  A pesar de su cáncer el sacerdote se le dirijo a ella con una explicación de Dios tanto esperanzadora como acertada.  Le dijo que el universo fue establecido y animado por el amor que es el ser en sí y sostiene todas otras cosas en su ser.  Porque este amor queda al núcleo de la existencia, toda cosa se hará correcta al final de los tiempos. 

La enfermera no podía responder al discursito del sacerdote.  Solamente le agradeció y se lo dejó.  Pero la samaritana parece atraída por Jesús.  Le reta: “¿Cómo es que tú, un judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”  Ya Jesús  ve la oportunidad de mostrarle el amor al núcleo de la existencia.  Le ofrece algo que anhela: el “agua viva” que, al nivel literal, significa el agua fresca que rebosa de la tierra de modo que no tenga que sacarse.  Pero en al nivel más profundo que Jesús tiene en cuenta el agua viva significa la gracia.  Que demoremos aquí un momento para preguntar: ¿qué es la gracia? 

Tal vez hayamos pensado en la gracia en el alma como dinero acumulando en el banco con que compramos la entrada al cielo.  Sin embargo, sería mejor considerarla como la forma del corazón que nos hace posible vivir como hijos e hijas de Dios.  Como se forma un tubo en una flauta para producir la música, así la gracia forma nuestros corazones para cuidar a los demás.  En el mundo hoy la gracia condiciona el corazón para resistir los estupefacientes que nos distraen de nuestra vocación a amar como Dios ama.  Con la gracia decimos “no” a la gratificación instantánea del yo, sea con la pornografía, con drogas, o con siempre buscando nuestra voluntad.  Para la samaritana la gratificación evidentemente viene de cambiar al hombre cuando le dé la gana. 

Cuando Jesús se le revela a ella su falta, la samaritana se da cuenta de que él es el que iba a rescatar a Israel.  Entonces deja su cántaro para anunciar al pueblo la buena noticia.  Las dos acciones tienen significado.  Primero, el cántaro simboliza la vida vieja de la mujer.  Como ya tiene el agua viva de modo que no más tenga que sacar agua del pozo, ya tiene la gracia de modo que no más tenga que pecar.  Segundo, los seguidores de Jesús no deben quedarse callados sobre la gracia con que les fortalece.  Como Jesús se extiende a sí mismo para rescatar a otras personas de la miseria del pecado, ellos tienen que compartir su fe con los demás.  Deberíamos ver a nosotros en este rol.   Ciertamente queremos enseñar a nuestros niños de Jesús. ¿Por qué no lo mencionamos también a nuestros colegas?  Podemos decirles la verdad: que no seríamos quienes somos si no fuera por él.

“Danos un corazón, grande para amar” cantamos.  Es el corazón formado por la gracia para cuidar a todos – tanto los pecadores como los santos – como hijos e hijas de Dios.  “Danos un corazón fuerte para luchar” continuamos.  Es el corazón formado por la gracia para resistir tanto los piropos como los rechazos que nos impiden a seguir a Jesús.  Sí, Señor, danos un corazón formado por tu gracia.

El domingo, 16 de marzo de 2014


EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 12:1-4; II Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9)

“El arroyo de la sierra, me complace más que el mar”.  Esta frase fue escrita por el poeta cubano José Martí. De hecho, muchos prefieren las montañas sobre las playas.  Pues, en las alturas el aire limpio les ayuda ver claramente y el ambiente callado les facilita pensar profundamente.  Tal vez sea para aprovecharse de estos beneficios que Jesús revela su gloria en la montaña en el evangelio hoy.

Como siempre, hay que entender el contexto del pasaje para apreciar su contenido.  Hace seis días Jesús sacudió a sus discípulos de la cabeza a los pies.  Después de que Pedro lo reconoció como el Mesías tan esperado, les dijo que iba a sufrir la entrega a la muerte.   Cuando los discípulos rebelaron contra la predicción, Jesús añadió que para seguirlo ellos también habrían sacrificarse.  Pero su mensaje no era totalmente de sombrío.  Mencionó la resurrección al tercer día aunque a los discípulos esta nota fue tan oscura como si fuera dicha en chino.  Ya Jesús quiere dar a Pedro, Santiago, y Juan una vislumbre de lo que significa la resurrección de la muerte.

Antes de que pasemos a la escena encima de la montaña, tenemos que preguntar por qué los discípulos reaccionaron tanto contra el sufrimiento y la muerte.  Ciertamente tiene que ver con el Mesías, el hijo del gran rey David, aguantando la humillación de la derrota.  Pero ¿qué significa el sufrir y el morir, y por qué toda persona los resiste?  El sufrimiento resulta cuando el cuerpo no está en conforme con el alma.  Es una desarmonía que la persona siente como dolor.  La muerte representa la separación completa de los dos de modo que la persona no más pueda existir en el mundo.  Nosotros luchamos contra la muerte porque la vida tiene un propósito más grande que descomponerse, y tanto el sufrimiento como la muerte nos impiden alcanzarlo.

¿Qué es el propósito de la vida?  Si preguntamos al joven miembro de una asociación estudiantil, posiblemente nos diga beber hasta emborracharse y cazar a las muchachas hasta conquistar a todas.  Si consultamos a un político, a lo mejor nos diga ganar todo el poder y el prestigio posible.  Si examinamos la Biblia, vamos a ser dirigidos a los primeros cinco libros supuestamente escritos por Moisés, a las obras de los profetas bien representados por Elías, y, por supuesto, los evangelios que cuentan de Jesús.  Estos recursos son unánimes en su respuesta a nuestro interrogante: el propósito de la vida es amar a Dios sobre todo, que incluye la solicitud por los pobres.  En el evangelio Jesús conversa con Moisés y Elías para dar testimonio a este fin.

De repente la nube cubre a todos como pasó en la montaña donde Dios habló con Moisés.  De la nube se oye la voz del mismo Dios mandando a los discípulos que escuchen a Su hijo.  Los discípulos caen al suelo por temor; pues están en la presencia divina.  Tal vez hoy día nos cobardearemos aún más por las implicaciones del mensaje de Jesús a quien deberíamos escuchar.  Nos dudamos que podamos dejar los propósitos de la vida que hemos hecho por nosotros mismos para tomar aquel de Jesús.  Pero es posible con la gracia de Cristo cómo pasó a una mujer internada llamada Raquel.  Un día el capellán de un hospital oyó el grito de Raquel que estaba muriendo del cáncer.  El capellán siguió la voz a la salita donde la mujer.  Entró, se arrodilló ante la cama de Raquel tomando su mano, y empezó a rezar.  Cuando ella gritó, “O Dios”, él respondió, “O Dios, ayúdala”.  Estuvo con ella así por mucho tiempo.  A un punto los gritos de Raquel cambiaron de “¿Por qué, Dios mío, por qué?” a “Lo ofrezco, Dios, lo ofrezco”.  En los últimos momentos de su vida, la desesperación se convirtió en la esperanza.  Su propósito cambió de evitar el dolor a todo costo a sacrificarlo por el bien de los demás.  Nuestra esperanza por este tiempo cuaresmal es que Dios vea nuestros sacrificios y nos cambie así.

En los climas norteños se nota este tiempo cuaresmal por los cambios en la naturaleza.  Los árboles brotan sus hojas y las plantas echan sus flores.  El campo se convierte del gris al verde.  Parece que todo va de ser encerrado en sí mismo a mostrar la gloria de Dios.  Es el tipo de conversión que esperamos por nosotros.  Al final de nuestro viaje cuaresmal queremos ser conocidos por un propósito nuevo de la vida.  Queremos vivir menos por nosotros mismos y más por Dios y por los pobres.  Queremos vivir más por Dios.